Ansiedad: una forma de conocerte

Descubre en qué consiste el TOC, cuáles son sus síntomas más frecuentes y cómo afecta a la vida diaria.

La ansiedad no es el incendio, es la alarma

Si algo he aprendido después de tantos años de escuchar historias en consulta, de atravesar mis propias heridas y de caminar de la mano de tantas personas que se sienten perdidas… es que la ansiedad no es un problema en sí misma. Es una señal. Una forma bastante ruidosa, incómoda y tozuda de decirte: “Eh, algo dentro de ti necesita ser atendido”.

Ansiedad: la alarma que no puedes ignorar

Imagina que estás en casa y empieza a sonar la alarma de incendios. Te levantas corriendo, revisas la cocina, los enchufes, todo. Pero si al final no hay fuego, ¿dirías que la alarma está rota? No. Dirías que algo la activó. Tal vez una tostada quemada. O el vapor de una ducha demasiado caliente. Pero no te enfadas con la alarma, ¿verdad? Solo investigas qué la activó.

La ansiedad funciona igual. Es ese sistema interno que te avisa de que hay algo que no va bien: decisiones no tomadas, relaciones que desgastan, un trabajo que te aprieta más que te impulsa, un duelo no llorado, un miedo no reconocido.

Y claro, como no siempre escuchamos las señales más sutiles (ese suspiro largo, ese “no me apetece levantarme hoy”, esa tensión en el cuello), el cuerpo empieza a gritar. Y grita fuerte.

 Hablamos de los pensamientos intrusivos, cómo reconocerlos y qué hacer para gestionarlos sin que controlen tu vida.

Cuando no se puede más...no se puede más

Hay momentos en los que la vida nos pone contra las cuerdas. Un trauma, una pérdida, una enfermedad… y de pronto, el cuerpo y el alma dicen basta. No puedes seguir como si nada. No puedes poner buena cara, ni pensar positivo, ni seguir funcionando como una máquina.

Y está bien. A veces no se puede. Y reconocerlo no es fracasar, es ser humano.

Lo viví en carne propia. Cuando tenía 13 años, mi padre se suicidó. Fue como si me arrancaran una parte de mí sin anestesia. En ese momento aprendí que hay dolores que no se curan con frases bonitas ni con sonrisas forzadas. Aprendí que no todo se supera, que hay cosas que se integran, que se caminan, que se lloran.

Y aprendí que pedir ayuda no es de débiles. Es de valientes que saben que no tienen que poder con todo solos.

La culpa por lo que aguantamos

Otra cosa que suelo ver mucho (y que también he vivido) es esa culpa que aparece no solo por lo que hemos hecho, sino por lo que hemos permitido. Por haber callado. Por haber aguantado una relación dañina. Por no habernos ido antes. Por habernos traicionado un poquito cada día.

Esa culpa también necesita ser mirada, no para fustigarnos, sino para comprendernos. Porque si permitiste algo, seguramente fue porque en ese momento creíste que no tenías otra opción. Porque sobrevivir, a veces, se disfraza de aguantar.

No todo lo que duele te hace más fuerte

Cuántas veces hemos escuchado eso de “todo pasa por algo” o “lo que no te mata te hace más fuerte”… Pues mira, no siempre. A veces lo que no te mata, te deja temblando. A veces lo que duele, simplemente… duele. Y ya.

No hace falta que todo tenga un sentido trascendental. A veces el aprendizaje no está en el dolor, sino en lo que haces después con él. En cómo te reconstruyes, en cómo te permites sentir, en cómo decides seguir.

 

Las emociones son parte de ti

 

La rabia, los celos, la tristeza… todas esas emociones que intentamos tapar porque “no son bonitas” o “no son adecuadas”, también tienen algo que decir. El problema no es sentirlas, el problema es no saber qué hacer con ellas.

Y cuando nos dejamos llevar por ellas sin entenderlas, caemos en lo que yo llamo el “secuestrador amigdalar”: esa parte del cerebro que toma el control cuando estamos desbordadas y nos hace actuar desde el impulso, no desde la consciencia.

Escuchar al cuerpo, parar antes de reaccionar, respirar… eso ya es empezar a gestionar. No se trata de reprimir, sino de regular.

El TOC no siempre se manifiesta de la misma forma. Conoce los distintos tipos: TOC de limpieza, comprobación, orden, acumulación y más.

Habla con tu pareja desde el ''me sient0'', no desde el ''tu hiciste''

Ay, las relaciones… Qué difíciles pueden ser a veces, ¿verdad? Y qué fácil es caer en el reproche, en el “tú me haces sentir mal”, en el “siempre haces lo mismo”.

Pero si algo he comprobado es que cuando hablamos desde el “esto me ha hecho sentir inseguro/a” o “cuando pasa esto me duele porque me conecta con…” la otra persona baja la guardia. Dejamos de pelearnos por tener razón y empezamos a compartir lo que nos duele de verdad. Y eso, curiosamente, nos une más que cualquier consejo de TikTok.

Si tienes un ser querido que sufre TOC, aquí te explicamos cómo puedes apoyarlo, comprender sus desafíos y ayudar en su proceso de mejora.

Validarte a ti mismo/a: tu eje de verdad

Uno de los aprendizajes más potentes de este camino ha sido aprender a validarme. A dejar de buscar que los demás entiendan todo lo que siento. Porque, sinceramente, hay veces que ni yo misma lo entiendo del todo.

Pero eso no significa que lo que siento no tenga valor.

No estás loco/a por sentir lo que sientes. No eres exagerado/a. No necesitas que nadie te dé permiso para sentir lo que ya estás sintiendo.

Cuando tu eje interno es fuerte, las opiniones ajenas no te tambalean tanto. Ni siquiera cuando te hacen gaslighting, cuando minimizan tu dolor, o cuando te dicen “estás demasiado sensible”. Pues sí, estoy sensible. Y eso también tiene un lugar.

 

Las redes sociales no son la realidad

Esto lo repito mucho en consulta, sobre todo a adolescentes (y no tan adolescentes): Instagram no es la vida. Nadie sube una foto llorando en el baño, ni una historia diciendo “hoy me siento un fraude y tengo miedo de no estar a la altura”.

Y sin embargo, todos pasamos por ahí. Compararse con lo que ves en redes es compararte con una película editada. Es como si vieras un tráiler y pensaras que eso es toda la historia.

Tu historia es más compleja, más real y más valiosa que cualquier selfie con filtro.

Poner limites y mirarte al espejo

Ser una persona emocionalmente sana no es estar siempre bien. Es saber cuándo necesitas parar. Es poder decir “no quiero esto” aunque duela. Es alejarte de quien te resta, aunque te parta el alma.

Y también es mirarte al espejo cuando varias personas te dicen lo mismo una y otra vez. No para culparte, sino para revisar si tal vez hay algo en ti que necesitas atender, cambiar o sanar.

Porque crecer también implica confrontarte con tus sombras. Y eso, aunque duela, te libera.

 

La culpa es un gran peso

Muchas veces en terapia me encuentro con personas que se sienten culpables. Pero no por lo que han hecho, sino por lo que han permitido. Por haberse quedado demasiado tiempo en una relación que las hacía daño. Por no haberse defendido. Por haberse tragado las palabras. Por haberse callado el llanto.

Y esa culpa es una losa que pesa muchísimo. Pero te voy a decir algo: hiciste lo que pudiste con las herramientas que tenías en ese momento. Si no actuaste de otra manera, fue porque no sabías cómo, porque no podías, porque necesitabas sobrevivir.

Y eso no es cobardía, es humanidad.

Ahora que lo ves con otros ojos, puedes decidir desde otro lugar. Puedes empezar a cuidarte, a escucharte, a poner límites. Pero desde el amor, no desde el castigo.

Exploramos la conexión entre el Trastorno Obsesivo Compulsivo y la ansiedad. t

 Validación interna, cuando el mundo no te cree, pero tú sí

Emociones intensas: ¿De verdad soy tan exagerado/a?

¿Cuántas veces te han dicho que eres demasiado sensible? ¿Que te lo tomas todo a pecho? ¿Que no deberías llorar por “cosas tan pequeñas”?

Pues te tengo una noticia: no lo eres. No eres exagerada. No eres “demasiado”. Eres una persona con una sensibilidad grande, y eso es un regalo, aunque a veces duela.

Las emociones intensas no son el problema. El problema es no saber qué hacer con ellas, no tener espacios donde expresarlas, no haber aprendido a canalizarlas.

Por eso en terapia trabajamos eso: aprender a gestionar la rabia, la tristeza, la euforia… sin miedo, sin juicio. Escuchándolas. Dándoles un lugar.

Muchas personas llegan a terapia diciendo: “Me dicen que exagero”, “que todo está en mi cabeza”, “que no tengo motivos para estar mal”. Y eso, cuando ya estás en una situación de sufrimiento, puede hacerte sentir aún más sola.

Aquí es donde entra la validación interna: la capacidad de creerte a ti misma aunque nadie más lo haga.

Eso no significa cerrarte al mundo, pero sí implica construir un eje interno que no dependa por completo de lo que los demás opinen. Porque a veces, incluso personas cercanas te van a decir cosas que te hieren. Y es importante que tú tengas un lugar interno al que volver. Un refugio.

Mirarte con honestidad

Y por último, una parte incómoda pero necesaria: revisar si hay patrones que se repiten. Si varias personas te dicen lo mismo. Si hay algo que tú misma estás alimentando sin querer.

Esto no es para castigarte, sino para hacerte libre. Para dejar de repetir historias que te hacen daño. Para sanar de raíz.

Y esto, aunque cueste, es una de las cosas más poderosas que puedes hacer por ti.

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